CAPÍTULO VI

 

Origen de los organismos primitivos

 

Los coacervados que surgieron por primera vez en las aguas de los mares y océanos todavía no poseían vida. No obstante, ya desde su aparición llevaban latente la posibilidad de dar origen, en ciertas condiciones de desarrollo, a la formación de sistemas vivos primarios.

 

Como ya vimos en los capítulos anteriores, tal situación también se observa en todas las etapas anteriores de la evolución de la materia. En las increíbles propiedades de los átomos de carbono de los cuerpos cósmicos se encontraba latente ya la posibilidad de formar hidrocarburos y sus derivados más simples. Estos, gracias a la conformación especial de sus moléculas y a las propiedades químicas de que estaban dotados, tuvieron que transformarse forzosamente, en las tibias aguas del océano primitivo, en diferentes sustancias orgánicas de elevado peso molecular, originando, en particular, los cuerpos proteinoides. De igual manera las propiedades de las proteínas encerraban ya la posibilidad de originar coacervados complejos. De ahí que a medida que iban desarrollándose y haciéndose más complejas, las moléculas proteínicas tuvieron que agruparse y separarse de las soluciones en forma de gotas coacerváticas.

 

En esta individualización de las gotas en relación con el medio externo –en la formación de sistemas coloidales de tipo individual-, encontrábase implícita la garantía de su ulterior desarrollo. Diríase que incluso gotas que habían aparecido al mismo tiempo en la solución acuosa se distinguían en cierta forma unas de otras por su composición y por su estructura interna. Y estas particularidades individuales de la organización físico-química de cada gota coacervática ponían su sello a las transformaciones químicas que se efectuaban precisamente en ella. La existencia de tales o cuales sustancias, la presencia o ausencia de catalizadores inorgánicos muy simples (hierro, cobre, calcio, etc.); el grado de concentración de las sustancias proteínicas o de otras sustancias coloidales que integraban el coacervado y, por último, una determinada estructura, aunque fuese muy inestable, todo ello se dejaba sentir en la velocidad y la dirección de las diferentes reacciones químicas que se producían en esa gota coacervática, todo ello imprimía un carácter específico a los procesos químicos de la misma. De esta forma se iba notando cierta relación entre la estructura individual u organización de esa gota y las alteraciones químicas que se producían en ella mediante las condiciones concretas del medio circundante.

 

Dichas transformaciones eran distintas en las diferentes gotas. Esto, en primer lugar.

 

En segundo lugar, debe tomarse en consideración la circunstancia de que las diversas reacciones químicas, que en forma más o menos desordenada se producían en la gota coacervática, no cesaron de desempeñar su papel en la suerte ulterior del coacervado. Desde este punto de vista, algunas de esas reacciones tuvieron una influencia positiva, fueron útiles, coadyuvaron a hacer más estable el sistema en cuestión y a alargar su existencia. Por el contrario, otras fueron perjudiciales, observaron un carácter negativo y condujeron a la destrucción, a la desaparición de nuestro coacervado individual.

 

Al parecer, se desprende que la propia formación de sistemas individuales facilitó la aparición de relaciones y de leyes totalmente nuevas. En otras palabras, en una simple solución homogénea de sustancia orgánica, los conceptos “útil” y “perjudicial” no tienen sentido, pero aplicados a sistemas individuales adquieren una significación muy real, puesto que los fenómenos a que se refieren determinan la suerte ulterior de estos sistemas.

 

Así, mientras la sustancia orgánica permanecía fundida completamente en el medio circundante, mientras se encontraba diluida en las aguas de los mares y océanos primitivos, podíamos observar la evolución de esa sustancia en su conjunto, cual si formase un todo único. Mas apenas la sustancia orgánica se reúne en determinados puntos del espacio, formando coacervados, en cuando estas estructuras se separan del medio ambiente por límites más o menos claros y logran cierta individualidad, inmediatamente se crean nuevas relaciones, más complejas que las anteriores. Desde ese instante, la historia de cualquiera de esos coacervados pudo variar esencialmente en relación con la historia de otro sistema individual análogo, adyacente a él. Lo que ahora determinará su destino serán las relaciones entre las condiciones del medio ambiente y la propia estructura específica de la gota que, en sus detalles, es exclusiva de ella, pudiendo ser algo diferente en las otras gotas, pero al mismo tiempo específica para cada gota individual.

 

¿Cuáles fueron las causas que permitieron la existencia individual de cada una de esas gotas en las condiciones concretas del medio ambiente? Supongamos que en alguno de los depósitos primitivos de agua de nuestro planeta se formaron coacervados al mezclarse con diferentes soluciones de sustancias orgánicas de elevado peso molecular. Pero veamos cuál pudo haber sido el destino de cualquiera de ellos. Digamos, pues, que en el océano primitivo de la Tierra, el coacervado no se encontraba sencillamente sumergido en agua, sino que se hallaba en una solución de distintas sustancias orgánicas e inorgánicas. Dichas sustancias eran absorbidas por él, después de lo cual empezaban a manifestarse reacciones químicas entre esas sustancias y las del propio coacervado. Por consiguiente, el coacervado iba creciendo.

 

Mas, junto a estos procesos de síntesis, en la gota se producían también procesos de descomposición, de desintegración de la sustancia. Es decir, que la rapidez de uno y otro proceso estaba determinada por la concordancia entre las condiciones del medio externo (temperatura, presión, acidez, etc.) y la organización físico-química interna de la gota. Pues bien, la correlación entre la velocidad de los procesos de síntesis y de desintegración no podía ser indiferente para el destino ulterior de nuestra forma coloidal.

 

En efecto, podía ser útil o perjudicial, podía influir en forma positiva o negativa en la existencia misma de nuestra gota e incluso en la posibilidad de su aparición.

 

Sólo pudieron subsistir durante un tiempo más o menos prolongado los coacervados que poseían cierta estabilidad dinámica, aquellos en los que la velocidad de los procesos de síntesis predominaba sobre la de los procesos de desintegración, o por lo menos se equilibraba con ella. Al revés sucedía con las gotas cuyas modificaciones químicas tendían fundamentalmente en las condiciones concretas del medio circundante hacia la desintegración, es decir, que estaban condenadas a desaparecer más o menos pronto o ni siquiera alcanzaban a formarse. De todas maneras, su historia individual se detenía relativamente pronto, razón por la cual ya no podrían desempeñar un papel importante en la evolución ulterior de la sustancia orgánica. Esta función sólo podrían realizarla las formas coloidales dotadas de estabilidad dinámica. Cualquier pérdida de esta estabilidad llevaba a la muerte rápida y a la destrucción de tan “desafortunadas” formas orgánicas.

 

Consecuentemente, esas gotas mal organizadas se desintegraban, y las sustancias orgánicas que contenían volvían a dispersarse por la solución y se integraban a ese sustento general del que se alimentaban las gotas coacerváticas más “afortunadas”, mejor organizadas.

 

Además, aquellas gotas en las que la síntesis predominó sobre la desintegración, no sólo debieron conservarse, sino también aumentaron de volumen y de peso, es decir, crecieron. Así fue como se produjo un aumento gradual de proporciones de aquellas gotas que tenían justamente la organización más perfecta para las condiciones de existencia dadas. Pues bien, cada una de esas gotas, al crecer sólo por influencia de causas puramente mecánicas debieron dividirse en diferentes partes, en varios trozos. Las gotas “hijas” formadas de este modo tenían casi igual organización físico-química que el coacervado del cual procedían. Pero desde el momento de la división, cada una de ellas tendría que continuar su camino, en cada una de ellas tendrían que comenzar a verificarse modificaciones propias que harían mayores o menores sus posibilidades de subsistir. Se entiende, pues, que todo esto sólo pudo suceder en los coacervados cuya organización individual, en esas condiciones concretas del medio externo les procuraba estabilidad dinámica. Tales coacervados eran los únicos que podían subsistir un tiempo largo, crecer y subdividirse en formas “hijas”. Cualquiera de las alteraciones que se producían en la organización del coacervado bajo el influjo de las variaciones constantes del medio externo, sólo podía resistirlas aquél en el caso de que reuniera las condiciones arriba indicadas, es decir, solamente si elevaba la estabilidad dinámica del coacervado en aquellas condiciones concretas de existencia.

 

Por esto, al mismo tiempo que aumentaba la cantidad de sustancia organizada, a la vez que crecían las gotas coacerváticas en la superficie de la Tierra, se alteraba también constantemente la calidad de su propia organización, y estas modificaciones se producían en determinado sentido, justamente en el sentido que llevaba a un orden de los procesos químicos que debían asegurar la autoconservación y la autorrenovación constante de todo el sistema en su conjunto.

 

Justamente, y a la vez que aumentaba la estabilidad dinámica de nuestras formas coloidales, su desarrollo ulterior debía inclinarse también hacia un incremento del propio dinamismo de estos sistemas, hacia la aceleración de la velocidad de las reacciones que se producían en ellos. Se comprende muy bien que estos coacervados dinámicamente estables poseían, gracias a su capacidad recién lograda de transformar más rápidamente las sustancias, grandes ventajas sobre los otros coacervados que flotaban en la misma solución de cuerpos orgánicos. Esta capacidad les permitía asimilar en forma más rápida esos cuerpos orgánicos, crecer con mayor rapidez y, por eso, en el conjunto general de los coacervados, su significación y la de su descendencia se hacía cada vez mayor.

 

Efectivamente, los coacervados orgánicos más sencillos, con su inestable estructura elemental, tarde o temprano debieron desaparecer de la faz de la tierra, seguramente se desintegraron y retornaron a la solución primitiva. Así, sus descendientes más inmediatos, que ya poseían cierta estabilidad también habrían de retrasarse pronto en su desarrollo si no lograban al mismo tiempo la capacidad de llevar a cabo rápidamente las reacciones químicas. Solamente podían seguir creciendo y desarrollándose las formas en cuya organización se habían producido cambios esenciales que aumentaban en gran forma la velocidad de las reacciones químicas y les otorgaba cierta coordinación, cierto orden.

 

Como ya vimos en el capítulo anterior, los fermentos son esos elementos químicos internos que impulsan, aceleran y orientan el curso de los procesos que se producen en el protoplasma vivo. Hace poco se ha podido afirmar que la fuerza extraordinaria de la acción catalítica de los fermentos y su asombrosa especificidad obedecen a una estructura especial de las proteínas que los componen.

 

Los fermentos son cuerpos complejos en los que se mezclan sustancias que poseen actividad catalítica y proteínas específicas, las cuales incrementan en alto grado esa actividad. Podemos tomar como ejemplo la catalasa, fermento cuya función en el protoplasma vivo consiste en acelerar la descomposición del peróxido de hidrógeno en oxígeno y agua. Esta reacción es susceptible de acelerarse por la simple presencia de hierro inorgánico, pero la acción de éste en tal caso es muy débil. Pero combinando el hierro con una sustancia orgánica especial (el pirrol), podemos lograr que ese efecto sea casi mil veces mayor. El fermento natural, la catalasa, también contiene hierro combinado con pirrol, pero su efecto es casi diez millones de veces mayor que el de esa combinación, porque la catalasa, con el hierro y el pirrol, combina, también, una proteína específica.

 

Por tanto, tenemos que un miligramo de hierro de la catalasa puede remplazar por su efecto catalítico a diez toneladas de hierro inorgánico. ¡Pero a pesar de todo el perfeccionamiento de nuestra técnica industrial, aún no hemos logrado el nivel de “racionalización” logrado por la naturaleza viva!

 

Naturalmente, este incremento de la acción catalítica se debe a la estructura específica de las proteínas-fermentos, a que en éstas se combinan con extraordinaria perfección grupos activos y grupos activadores. De ahí que por sí solas, las diferentes partes del fermento ejercen una acción catalítica débil.

 

Sin embargo, la alta potencia del fermento sólo se obtiene cuando estas partes se combinan entre sí de una manera muy precisa. Pues es un hecho que esa combinación de los grupos citados que nos ofrecen los fermentos y esa relación, tan propia de ellos, que hay entre su estructura química y la función fisiológica, sólo pudieron originarse a raíz de un constante perfeccionamiento de esos sistemas y la adaptación de su estructura a la función que desempeña en las condiciones de existencia dadas.

 

Las innumerables transformaciones de las sustancias orgánicas, primero en la solución acuosa y después en las formas coloidales primitivas, se daban con relativa lentitud. La rapidez de las diferentes reacciones sólo pudo lograrse gracias a la acción de catalizadores inorgánicos (sales de calcio, de hierro, de cobre, etc.), tan abundantes en las aguas del océano primitivo.

 

En las formaciones coloidales individuales, estos catalizadores inorgánicos comenzaron a combinarse de mil formas con diversos cuerpos orgánicos. De todas estas combinaciones, unas podían ser acertadas, pues lograban incrementar el efecto catalizador de sus componentes por separado; otras podían ser desafortunadas, ya que podían reducir ese efecto, y, por tanto, aminorar el dinamismo general de todo el sistema. Pues bien, bajo la influencia del medio exterior, estas últimas se destruían sistemáticamente, desaparecían de la faz de la Tierra. De ahí que para el desarrollo ulterior sólo permanecían las que cumplían sus funciones con la mayor rapidez y del modo más racional.

 

A raíz de ese proceso evolutivo, los catalizadores inorgánicos, los más simples, que en la solución de sustancias orgánicas primitivas aceleraban en bloque grupos enteros de reacciones análogas, al llegar a nuestras formas coloidales fueron remplazados poco a poco por fermentos más complejos, pero al mismo tiempo más perfectos, dotados no sólo de gran actividad, sino, además, de un efecto muy específico, mediante el cual sólo ejercían su acción sobre determinadas reacciones. Se comprenden fácilmente las enormes ventajas que traía la aparición de tales combinaciones químicas para la organización general de los procesos que tenían lugar en esas formas coloidales.

 

Desde luego, la evolución de los fermentos puede producirse solamente en el caso de que, junto a ella, se diese cierta regulación, cierta coordinación de las distintas reacciones fermentativas. Pues todo aumento sustancial de la velocidad de tal o cual reacción únicamente podía afirmarse en el proceso evolutivo si significaba un adelanto desde este punto de vista, si no alteraba el equilibrio dinámico de todo el sistema, si, por el contrario, contribuía a aumentar el orden interno en la organización de la forma coloidal dada.

 

En los primeros coacervados, esta coordinación entre las distintas reacciones químicas era todavía muy débil. Las sustancias orgánicas que llegaban del exterior y los productos intermediarios de la desintegración todavía podían sufrir en ellos transformaciones químicas en sentidos muy opuestos. Lógicamente en las primeras etapas del desarrollo de los coacervados, estas síntesis desordenadas también podían ayudar a la proliferación de la sustancia organizada. No obstante, en estos casos, la organización de los sectores colida-les que se iban formando se trocaba constantemente y se encontraba seriamente amenazada del peligro de desintegración, de autodestrucción. Así, nuestros sistemas coloidales llegaron a poseer una estabilidad dinámica relativamente permanente sólo cuando los procesos de síntesis producidos en ellos se coordinaron entre sí, cuando en esos procesos se logró cierta repetición regular, cierto ritmo.

 

En el proceso de desarrollo de los sistemas coloidales individuales, lo que ofrecía más interés no eran las diversas combinaciones que se producían en ellos en forma accidental, sino la repetición constante de una determinada combinación, la aparición de cierta concordancia en las reacciones, que aseguraba la síntesis regular de esa combinación en el transcurso de la proliferación de la sustancia organizada. De este modo surgió ese fenómeno que hoy denominamos “capacidad de regeneración de protoplasma”.

 

Basándose en esto se originó cierta estabilidad en la composición de nuestros sistemas coloidales. Sobre todo, ese ritmo de la síntesis repetido con regularidad, del que acabamos de hablar, se vio al mismo tiempo expresado en forma nítida en la estructura de las sustancias proteínicas. La concordancia de las numerosas reacciones de síntesis, que en su conjunto llevaron a la formación de la molécula proteínica, excluida la posibilidad de que se combinasen en cualquier orden los diversos eslabones de la cadena polipeptídica. Por lo cual, la disposición arbitraria de los residuos de aminoácidos propia de las sustancias albuminoideas primitivas, fue paulatinamente dando paso a una estructura más precisa de la micela albuminoidea.

 

Esta estabilidad de la composición química de las formas coloidales individuales originó cierta estabilidad estructural de las mismas. Las proteínas poseedoras de una determinada estructura, propia de cada sistema coloidal, ya no se mezclan entre sí al azar, sino con precisa regularidad. Por esa razón, en el proceso evolutivo de los coacervados primitivos, su estructura inestable, fugaz, demasiado dependientes de las influencias accidentales del ambiente, debió remplazarse por una organización espacial dinámicamente estable que les asegurase el predominio de las reacciones fermentativas de síntesis sobre las de desintegración.

 

Así fue como se logró esa concordancia entre los diferentes fenómenos, esa adaptación –tan propia de la organización de todos los seres vivos- de la estructura interna al cumplimiento de determinadas funciones vitales en las condiciones concretas de existencia.

 

El estudio de la organización de las formas vivas más sencillas que existen en la actualidad, nos permite seguir el proceso de complicación y perfeccionamiento gradual de la organización de las estructuras descritas más arriba. Por último, ese proceso condujo a la aparición de una forma cualitativamente nueva de existencia de la materia.

 

De esta manera se produjo ese “salto” dialéctico que trajo la aparición de los seres vivos más simples en la superficie de la Tierra.

 

La estructura de esos sencillísimos organismos primitivos ya era mucho más perfecta que la de los coacervados, pero, no obstante esto, era incomparablemente más simple que la de los seres vivos más sencillos de nuestros días.

 

Aquellos organismos no poseían aún estructura celular, la cual surgió en una etapa muy posterior del desarrollo de la vida.

 

Fueron transcurriendo años, siglos, milenios. La estructura de los seres vivos se iba perfeccionando y se adaptaba más y más a las condiciones en que se desarrollaba la vida. La organización de los seres vivos iba siendo cada vez mayor. Al comienzo, sólo se alimentaban de sustancias orgánicas. Pero al pasar del tiempo, esas sustancias fueron escaseando tanto que a los organismos primitivos no les quedó más recurso que sucumbir o desarrollar, en el proceso evolutivo, la propiedad de formar de alguna manera sustancias orgánicas con base en los materiales proporcionados por la naturaleza inorgánica, con base en el anhídrido carbónico y el agua. Algunos seres vivos lo lograron, en efecto. En el proceso gradual de la evolución lograron desarrollar la facilidad de absorber energía de los rayos solares, de descomponer el anhídrido carbónico con ayuda de esa energía y de aprovechar el carbono así logrado para formar en su cuerpo sustancias orgánicas. De este modo aparecieron las plantas más sencillas, las algas cianofíceas, cuyos restos pueden encontrarse en sedimentos muy antiguos de la corteza terrestre.

 

Otros seres vivos mantuvieron su antiguo sistema de alimentación, pero lo que ahora les servía de alimento eran esas mismas algas cuyas sustancias orgánicas eran aprovechadas por ellos. De este modo surgió en su forma primitiva el mundo de los animales.

 

“En los albores de la vida”, a comienzos de la era llamada eozoica, tanto las plantas como los animales estaban representados por pequeñísimos seres vivos unicelulares, parecidos a las bacterias, a las algas cianofíceas y a las amibas de nuestros días. La aparición de organismos pluricelulares, constituidos por muchas células agrupadas en un solo organismo, fue un gran suceso en la historia del paulatino desarrollo de la naturaleza viva. Los organismos vivos iban siendo cada vez más complejos, su diversidad era cada vez más variada. En el transcurso de la era eozoica, que duró muchísimos millones de años, la población del océano primitivo llegó a poseer gran variedad y sufrió enormes cambios. Las aguas de los mares y océanos se poblaron de grandes algas, entre cuya maleza aparecieron numerosas medusas, moluscos, equinodermos y gusanos de mar. La vida entró en una etapa nueva, en la era paleozoica. Podemos juzgar el desarrollo de la vida en esta era por los restos fósiles de aquellos seres vivos que poblaron la  Tierra hace muchos millones de años.

 

Pues hace más de quinientos millones de años que, en ese período de la historia de la  Tierra que se ha denominado período cámbrico, la vida hallábase concentrada todavía sólo en los mares y océanos. Todavía no aparecían los vertebrados que conocemos hoy día (los peces, los anfibios, los reptiles, las aves y las fieras).

 

Tampoco existían flores, hierbas ni árboles. Sólo las algas eran las únicas plantas. En cuanto a los animales no había más que medusas, esponjas, gusanos, anélidos, trilobites (próximos a los cangrejos) y diversos equinodermos.

 

En el período silúrico, que sustituye al cámbrico, brotaron las primeras plantas terrestres y, en el mar, los primeros vertebrados, semejantes a las lampreas actuales. A diferencia de los peces, aún tenían mandíbulas. Y muchos de ellos estaban recubiertos de una coraza ósea.

 

Hace trescientos cincuenta millones de años, en el período llamado devoniano, aparecieron en los ríos y en las lagunas marinas peces auténticos, semejantes a los tiburones de hoy día y remotos predecesores de ellos; pero todavía no existían los actuales peces teleósteos, como la perca, el lucio o la brema.

 

Después de otros cien millones de años, llega el período carbonífero y surgen en la Tierra espesos bosques en los que crecen enormes helechos, la cola de caballo  y el licopodio. Por las riber5as de los lagos y de los ríos se arrastran innúmeros anfibios, de distintas clases.

 

Y lo mismo que los peces, estos animales desovaban en el agua. Su piel húmeda y viscosa se secaba fácilmente al aire, efecto que les impedía alejarse por mucho tiempo de los depósitos de agua. Pero a fines del período carbonífero aparecen ya los primeros reptiles. Su piel córnea los preservaba de la desecación, motivo por el cual ya no estaban ligados a los depósitos de agua y podían diseminarse ampliamente por tierra firme. Los reptiles ya no desovaban en el agua, sino que ponían sus huevos en la tierra.

 

Hace doscientos veinticinco millones de años, se inició un nuevo período, el período pérmico. Las filicíneas van siendo desplazadas poco a poco por los predecesores de las coníferas actuales, surgen las palmeras del sagú. Los anfibios primitivos ceden lugar a los reptiles, más adaptados al clima seco. Aparecen los primeros antepasados de los “terribles lagartos” o dinosaurios, gigantescos reptiles que en períodos posteriores dominaron sobre la Tierra. Pero aún no habían aparecido aves ni fieras.

 

El reino de los reptiles se expande por la Tierra, sobre todo en los períodos jurásico y cretáceo. En ese tiempo hacen su aparición árboles, flores y hierbas muy parecidos a los actuales. Los reptiles pueblan la  Tierra, las aguas y el aire. Por la superficie de la tierra caminan los terribles y gigantescos dinosaurios; surcan el espacio los “dragones volantes” o pteranodontes; en las aguas de los mares nadan animales carniceros, como las serpientes de mar, los ictiosaurios y los plesiosaurios.

 

Hace treinta y cinco millones de años comenzó el reino de las aves y de las fieras. A mediados del período terciario ya habían desaparecido la mayoría de los grandes reptiles, apareciendo innumerables especies de aves y de mamíferos, que ocupan una posición superior entre todos los animales. Sin embargo, los mamíferos de entonces eran muy diferentes a los actuales. Todavía no existían monos, ni caballos, ni toros, ni los renos ni elefantes que viven en la actualidad.

 

En el transcurso de la segunda mitad del período terciario, los mamíferos se van pareciendo cada vez más a los actuales. A fines de este período existen ya verdaderos renos, toros, caballos, rinocerontes, elefantes y diversas fieras. Y a principios de la segunda mitad del período terciario aparecen los monos: primero los cinocéfalos o monos inferiores, posteriormente los antropoides o monos superiores.

 

Hace un millón de años, en el límite de los períodos terciario y cuaternario (último período, que dura hasta hoy día) aparecieron en la Tierra los pitecántropos, monos hombres que forman el eslabón intermedio entre el mono y el hombre. Los pitecántropos ya sabían hacer uso de los instrumentos de trabajo más sencillos. Estos monos hombres desaparecieron. Sus sucesores fueron nuestros antepasados. Durante el cuaternario, en los duros tiempos del último período glacial, en el siglo del mamut y del reno boreal, ya vivía en la  Tierra hombres auténticos, que por la constitución de su cuerpo eran iguales a los actuales.